RENÉE FLEMING EN BELLAS ARTES*México 2008*
RENÉE FLEMING EN BELLAS ARTES.
Por Manuel Yrízar.
La noche del jueves 28 de marzo del 2008 fijó la fecha del debut de la Fleming.
Cuando hablamos solo del apellido de un(a) cantante por supuesto damos por hecho que nos referimos a un famoso, a un consagrado. Por angas o por mangas la afluencia del público al teatro para presenciar a estas “figuras” que tantas expectativas despiertan por la popularidad que los precede augura llenos seguros.
Y ayer por la noche no fue la excepción. Ambiente festivo se sentía desde el arribo. A los habituales que asisten a la ópera, fauna familiar y harto conocida, se unieron los que el eco del nombre de la soprano hizo volver al teatro olvidado. No faltaron los saludos y los abrazos con los aficionados que afectuosos reconocen a quien hace ya algunos ayeres no saludábamos. Apapachos, palmadas y besitos.
Ya dentro del teatro la expectación se manifiesta en el ambiente calientito y feliz.
Esa atmósfera especial, esa energía que despiertan todas las energías reunidas deseantes y anhelantes de que el rito de comienzo. Una Diva siempre trae consigo un aura luminosa que ilumina a los mortales desde antes que se digne a bajar.
Nos extraña un poco el atuendo poco formal de un señor un poco o mucho pasado de peso que aparece sobre el escenario donde ya la orquesta con zapatos boleados acaba de afinar sus instrumentos. Pensamos que tal vez sea algun discursante que nos atosigará con el consabido rollo pero nos equivocamos: es el director Constantine Orbelian, huésped de la Orquesta del teatro de bellas artes. Con agilidad no obstante su gruesa figura sube de un brinco al podio para empezar el concierto. La Obertura de NABUCCO de Verdi suena desangeladona, cuerdas corrientitas, un solo de madera bastante feo, ese que canta el famoso coro, suena a banda popular verdiana de Busetto. Leída y despachada rápido.
A nadie le extraña ni le interesa mucho el tan sobado NABUCCO pues el respetable público viene a oír cantar a Renée Fleming. A eso venimos todos.
La pausa que antecede su entrada es teatral. Así tiene que entrar una Diva de ópera. Dándose a desear. Preparando la seducción. Enamorando. Seduciendo.
ya desde antes de aparecer. Las estrellas que aparecen en el cielo oscuro brillan más. La ovación que recibe la soprano es calurosa. Bien empieza el asunto.
Lo primero que canta son dos arias de I VESPRI SICILIANI de Verdi “Arrigo¡ Ah parli a un core...” y “Mercé, diletti amiche...” el famoso Bolero. Ya desde aquí Fleming muestra un refinamiento en la emisión, un “fiato” amplio, largo y concentrado, manejo sobrio de la voz que no nos parece en este registro tan bella.
De correcta interpretación nos deja oír ya algunas de la virtudes y defectos que caracterizan su nombre.
El preludio al tercer acto de LOHENGRÍN de Wagner es despachado con más pena que gloria. Correteado el tiempo, machacóna la batuta, aseptico y sin matiz ninguno, “fellollón” (Alcaráz dixit) la música termina como mero ejercicio de rutina. Sín pifias por fortuna los metales.
Vuelve a aparecer la Mujer Dorada. Renée canta al autor que es en esta etapa de su carrera a quien mas atención está poniendo: Richard Strauss. “Freundiliche Visión” Op.48,núm.1, “Winterweihe” op.48, núm.4 y “Zueignung” Op.10, núm.1.
En estas canciones podemos constatar que la voz de Renée Fleming es la de una soprano lírica ligera, delgada y bien enfocada, manejada con una escuela y una técnica rigurosa y perfectamente adecuada y controlada. No es un instrumento de grandes alcances. potencia y volumen medio. Facilidad en el control del aire. Emisión bien enfocada que “corre” por toda la sala y que se escucha en todos sus registros con facilidad. Sin estridencias. Dominio. Y, tal vez, cierta frialdad sajona.
La orquesta vuelve al nivel a que nos tiene acostumbrados. Ya más relajados brindan una versión dispareja, somnífera, adormecedora, de la música de ballet de FAUSTO de Gounod, casi siempre suprimida en las últimas que hemos presenciado. El Adagio, Allegreto/”danza antigua” terminan como relleno. Nada más.
Ya sale Fleming para concluir esta primera parte. De Antonin Dvorak deleita, ahora sí, al público, con la belísima aria de la ópera “RUSALKA”. Si antes nos había brindado un canto correcto y bien matizado pero algo gélido, en esta interpretación prende por primera vez al público de la sala. Bella interpretación.
El público se calentó. La ovación puesta de pie, muy teatral, lo ratifica.
En el intermedio la tertulia y el beneplácito es general. Algunos amigos comentan y preguntan que nos ha parecido, como es la voz, que opinamos. Buen ambiente.
Ya regresa el no siempre respetable a sus butacas.
El concierto debe seguir. La música tiene que sonar.
La orquesta interpreta La muy famosa “Meditación” de la “THAIS” de Jules Massenet. Y suena bien. El solo de violín maravilloso encuentra en el concertino ruso Vladimir Tokarev Ivanovich a un intérprete ideal y dotado esta noche del estado de gracia del artista inspirado. El sonido de su vilín solista contagia a sus compañeros de calvario en el mismo dolor redentor. La ovación es estruendosa. El músico es obligado a ponerse de pie para recibir una calurosa ovación.
Ya el público se ha emocionado.
Y eso se nota en el calor humano.
Sín, por fortuna, ruidoso y maloliente, aire acondicionado.
Renée Fleming sale con otro vestido que también sube la temperatura. Rojo de matiz suavizado pero sensual y vigoroso. Muy guapa luce la mujer cantora. agradecidos los mortales: señoras y señoritas, damas y caballeros: ECHO LA DIVA. En el repertorio francés se siente bien. “L’ amour est une vertu rare...” y
“Dis-moi que je suis belle...”. Y y canta la verdad. Es bella. Se lo decimos todos.
De Aram Khachaturian la orquesta, ya más animada, tocan bien el Vals Mascarada. A secas. Con pifias chicas. que no vale la pena consignar.
Cuando se escucha el tema del aria de “GIANNI SCHICCHI” de Puccini suena un suspiro al unísono en toda la sala. Casi de emoción orgásmica. Erotiquísimo.
Y es que hasta el villamelón más consumado no puede dejar de sentir bonito, de extremecerse con gran frenesí, con la gustada aria “O mio babbino caro...” o, en traducción libre, (extrañamos a Francisco Méndez-Padilla) “Oh papacito chulo...”.
Y la verdad sea dicha. La canta bien la Fleming. Incluido un regulador ( artilugio o coloratura que consiste en atacar la nota en piano, irla creciendo hasta el fuerte y de allí volver a disminuir al piano) y finaliando con una nota en “pianissimo” que no obstante resonó en la sala. ¡Gusta al villamelón¡-comentamos al compañero de junto-¡A TODOS¡. respondió rotundo. Tiene razón. Con este numerito acabó la cantante de echarse al público, en el buen sentido del término, a la bolsa.
Siguiendo en la línea pucciniana escuchamos la muy gustada aria de la “TOSCA”
“Vissi d’arte” en la versión para una soprano lírica ligera.
De Dmitri Shostakovich oímos “Tahiti Trot, Op.16, “Té para dos” divertida y sutil.
Y allí, para mí lo mejor de la noche.
De la ópera “PORGY AND BESS” de su paisano George Gershwin esa melodia bellísima llena de profunda melancolía negra: “SummerTime”.
Aquí la Diva alcanzó el nivel de la Divinidad. Dios mismo se asomo y aplaudió.
Y muy buena su interpretación de “I Could Have danced All night” de la ópera
(ya se que la llaman también “Comedia Musical” los puristas ortodoxos” fijados)
“MY FAIR LADY” (Mi bella dama) de Lerner y Loewe. Una bella cantó la bella.
Ya hasta alturas solo la disfrutamos. nos olvidamos ya, conquistados, de toda ortodoxia, de, diría algún retórico cursi y pedante, de cualquier banalidad.
Todavía brindo algunas propinas.
Y finalizó la velada con el “Papacito adorado”.
Adorada Renée Fleming.